Estos días he
estado en la escuela de verano de CANAE, una organización estudiantil que lleva
funcionando desde el año 1987 y con la que tuve mi primer contacto el año
pasado, pues participaron en el encuentro ‘Empowerment
2012’ en La Laguna (Tenerife).
Esta
organización cuenta con representación en distintos foros relacionados con la
educación pública, pero también se encarga de la representación de distintos
estudiantes matriculados en los colegios, institutos y universidades privadas.
Como nos han reiterado en varias ocasiones: “representamos
estudiantes, independientemente de dónde procedan”.
Sin embargo,
esto de la representación estudiantil va mucho más allá. El trato que todos
recibimos cuando acudimos a las escuelas o actos organizados por esta organización
es exquisito. Sólo tengo palabras de agradecimiento. Me siento como en casa, o
incluso mejor. Hay personas con una excelente calidad humana; hay personas
grandes en todos los aspectos.
No obstante,
no escribo esto para que conozcáis a CANAE, sino para que sepáis que su
importancia, de esta y de muchas otras organizaciones de estudiantes que, en la
actualidad, tienen una función social fundamental en el entramado educativo.
Ayer pasó algo
que me hizo reflexionar bastante. En la organización, como acabo de decir cabe
todo el mundo y, aunque esto en grandes ciudades y núcleos de población, como
el que yo procedo puede ser más que evidente, al menos, en la mayoría de los
aspectos, en otros lugares como pequeños pueblos y aldeas perdidos en lo más profundo
de nuestro país no queda tan claro. Pondré un ejemplo claro, un ejemplo por el
cual reconozco que ayer solté unas lágrimas.
En muchas
grandes ciudades, como Madrid, Sevilla, Málaga, en las Islas Canarias, en
Barcelona, en Lisboa, en Oporto… casi no existen problemas de discriminación
por razones de orientación sexual, pero aquí me he dado cuenta que en pequeños
pueblos sí que sigue existiendo una enorme estigmatización hacia el colectivo
LGTB; tiene lugar un acoso escolar al que no se debería someter a nadie, sólo
por querer a alguien del mismo sexo o por querer a las personas por lo que son
y no por su sexo. Es emocionante ver cómo estas personas que se han sentido
discriminadas en sus centros educativos llegan a ambientes más abiertos y
llegan a ser cómo son, sin esconderse tras máscaras ficticias, tras
irrealidades o verdades a medias que no llevan a ningún sitio.
Esto nos
demuestra que la educación, la base de la sociedad cura todos los vicios de
esta. La educación destruye la ignorancia y, sin ignorancia, nos encontramos
con compresión, respeto por los demás, cariño y amor.
He aprendido a
amar más de lo que amaba. He aprendido a querer y convivir con compañeros más
de los que lo hacía. He aprendido que la diversidad y la libertad nos hacen
fuertes. He aprendido que todo eso sólo se consigue mediante la educación.
Hoy sólo tengo
ganas de abrazar y besar. Lo grande aquí es que todo el mundo se deja abrazar y
besar… ¡¡Gracias a todos!!
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