Es cierto que prometimos hablar
antes de estas vacaciones sobre la Semana Santa sobre estas fiestas tan
religiosas que se siguen celebrando en España por no otro interés que el
económico y el turístico, pues la fe en la Iglesia ya parece haber sido perdida
por los ciudadanos de este país hace tiempo, especialmente por parte de las
nuevas generaciones.
No obstante, dejemos este debate
interesante, sin duda, para otro día. Me apetece mejor hablar sobre una noticia
que leí este pasado fin de semana en un conocido periódico portugués que no me
dejó nada indiferente.
El debate surgió en España hace
tiempo, cuando el anterior gobierno del presidente Zapatero decidió subir la
edad de jubilación en dos años, hasta los 67. Ahora, el gobierno portugués
lleva la medida más allá aún: no sólo quiere aumentar la edad de retiro hasta
los 70 años, sino que además pretende prohibir la jubilación anticipada, que
ahora es legal a partir de los 55 años y, por si fuera poco, aquellos que
además, quieran trabajar más allá de los 70 serán incentivados con hasta un 15%
de salario extra.
A algunos estas medidas les
podrían parecer adecuadas en un contexto como el actual y en un país que, como
Portugal, no tiene casi capacidad propia de pagar las pensiones a sus
jubilados. Sin embargo, esta es una solución a muy corto plazo que incrementa
los problemas en un futuro y de una manera muy grave.
En primer lugar, la consecuencia
más clara es inmediata: los jóvenes tendrán aún más dificultades para encontrar
su primer trabajo, porque todos los puestos estarán ocupados por personas de
avanzada edad. El paro aumentará exponencialmente en un plazo no demasiado
grande de tiempo.
Pero la segunda consecuencia, más
difícil de deducir, se deriva de la productividad: los mayores, más cansados,
menos motivados en sus trabajos son claramente menos productivos que cualquier
empleado joven e ilusionado, con ganas de darlo todo por su empresa o puesto de
trabajo. Si la productividad de un país cae de una manera tan significativa, la
economía se hunde cada vez más en el abismo.
Por tanto, esperemos que nuestros
vecinos, los políticos portugueses no tomen estas medidas tan perjudiciales a
largo plazo para sus ciudadanos y, sobre todo, tengamos confianza en que
nuestros “ilustrados” políticos europeos no intenten imitarlas.
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